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martes, 27 de julio de 2010

Para los Wayuu no existen las fronteras

Por Rainiero Patiño
Fotos Johnny Olivares
Enviados especiales Paraguachón


Son como la “joutay” –brisa en lengua Wayuu– que estremece los árboles de trupillo y se pasea orgullosa por el desierto. Como las huellas de los caciques, muchas veces pisadas por sus hijos y los hijos de sus hijos. Como quien se ríe del tiempo que parece no pasar sobre el paisaje ‘estático’ de La Guajira. Como un vallenato tarareado por doquier, cien veces, mil veces, por labios asoleados sobre los límites de las fronteras inimaginarias.

Una letra C (tierra colombiana) y una V (tierra venezolana) no significan nada para los dueños de la tierra, los herederos de la herencia ancestral. El pueblo Wayuu camina descalzo sobre su tierra sin importar quien se haya proclamado recientemente como su dueño. Le tienen sin cuidado los discursos veintejulieros de Hugo Chávez o los consejos comunitarios “socialistas” de Álvaro Uribe.

Hombres y mujeres se pasean indiferentes a los uniformes de la Guardia Venezolana o del Ejército Nacional de Colombia por la frontera colombo-venezolana de Paraguachón en La Guajira. Yazmín Palmar es una de ellas. Su familia está a ambos lados, al igual que su historia y su vida.

Tiene documentos de identificación de los dos países pero igual no usa ninguno de los dos. “A mí nunca me piden papeles” dice con ese acento medio chillón que hace muchas veces indescifrable las últimas sílabas de las palabras, y que caracteriza a la mayoría de los nativos de la Alta Guajira.

Ahora trabaja como ayudante en un comedero ubicado en la zona conocida como ‘La Raya’, en la frontera, una línea imaginaria, físicamente inexistente, como las diferencias de la gente de este pueblo.

Su comida, sus vestidos, sus bailes y sus rostros son un molde fotocopiado miles de veces sobre los espíritus de la tribu, indiferentemente sobre los descendientes de los reptiles como de la luna. Sus apellidos vienen de la casta materna, ellas de los animales como de los astros.

Yazmín tiene su esposo trabajando del lado venezolano. Cada 15 días recibe su visita.

La vida transcurre a lado y lado, las fronteras son sus necesidades diarias o sus gustos. Como un compañero responsable que es viene a cumplir con las obligaciones de cuatro de sus seis hijos, quienes son menores de edad. Y cuando él no puede venir ella va hasta Maracaibo y allá compra el mercado para la familia.

“A pesar de todo aún se consiguen cosas baratas en Venezuela”, asegura.

Cada día se desplaza desde la ranchería Los Mangos, donde vive, por una trocha destapada para llegar al restaurante Odelia; allí por $25 mil pesos ayuda en la cocina, lava platos y lleva domicilios.

Estos días Yazmín tiene planeado visitar a su marido, cuándo, no sabe “cuando me dé la gana. Si quiero ahora mismo me paso”. Y para demostrarnos su confianza camina sobre la línea que sólo ellos pueden pasar sin previa autorización. Se pasea sobre la ‘C’ y la ‘V’ con la indiferencia de un niño escolar que aprende el alfabeto. “Al final de cuentas esta tierra es nuestra”.

Los Wayuu son una etnia que se burla del tiempo que pierden los líderes políticos enfrentados, no están de acuerdo con la guerra, y por eso prefieren pasar la calentura del día bajo la sombra de un trupillo con un buen vaso de chicha en la mano.

Tomado de:  El Heraldo






1 comentarios:

Blogger dijo...

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