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domingo, 1 de marzo de 2015

URIBIA: ¿80 AÑOS ESCRIBIENDO PROGRESO?

Ignacio Manuel Epinayu Pushaina
En el actual casco urbano del municipio de Uribia, existió un territorio habitado llamado Ichitkii, ichii se llama el divi-divi en wayuunaiki. En ese territorio se fundó administrativamente Uribia, en honor a un general de la república, motivado tal vez por la tradición militar del fundador de este asentamiento alíjuna en territorio wayuu. A pesar de ser fundado en un asentamiento wayuu, Uribia se movió en dos realidades: la urbana, alíjuna, estrecha, con el imaginario de desarrollo copiado de otras latitudes, pero realizada con ahínco y honestidad por sus primeros habitantes; la rural, wayuu, extensa, al olvido de la administración central, con su propia dinámica social y cultural.

Desde la mirada alíjuna, Uribia se fundó como una forma de control territorial por parte del Estado colombiano; desde la mirada aborigen fue una imposición de formas de autoridad, administración y cumplimiento de normas ajenas a las costumbres consuetudinarias de las comunidades locales.
Muchos habitantes rurales, responden con la expresión “urribiamüin” (“para Uribia”, “hacia Uribia”), cuando le preguntan para donde va. Y se equivocan quienes asocian toda Uribia con la expresión “Ichitkii”, porque no es una expresión que aglutine a lo que debería seruribicidad, ya que existen otras zonas de Uribia que tienen su propia denominación (Jala’ala, Jonjoncito, Petsuapa, Shoshinchon, etc.).

En 80 años de vida administrativa, este pueblo tuvo momentos de auge y decadencia: en su temprana vida como municipio fue capital de la intendencia de La Guajira, tuvo el primer banco, se implementó el primer sistema de redes de acueducto para los pocos barrios con los que fue fundado, luego las primeras luces del incipiente sistema de alumbrado público y un pequeño aeropuerto. Era el tiempo de la Uribia local, tiempo en que ir a Bogotá era una hazaña, tiempo en que los dirigentes administraban con eficiencia y honestidad los pocos recursos.

Posteriormente, gracias a dos sucesos importantes (elección popular de alcaldes y recursos del sistema general de participación), cambiaría el imaginario de desarrollo soñado por los primeros fundadores de lo que después comenzó a llamarse irónicamente “la capital indígena de Colombia”. La descentralización territorial hizo que el municipio recibiera considerables recursos diferentes a sus ingresos propios, y el pueblo comenzó a cambiar sus casitas de barro y zinc por toneladas de cemento y eternit; la vieja red de acueducto y alcantarillado fue sepultada por el arrollador paso de los pavimentos que ahora calientan más el otrora refrescante clima uribiero, ahora se enterraba la realidad del atraso y se daba paso al espejismo del progreso y desarrollo: porque hoy uribia tiene el índice de necesidades básicas insatisfechas, como uno de los más altos del país.

Aunque muchos quieran maquillar la realidad con el desgastado concepto de progreso y desarrollo,en realidad Uribia ha tenido la oportunidad de modernizarse en los últimos 25 años de vida administrativa, prueba de ello es que en pleno siglo XXI la zona urbana de este municipio no tiene cobertura de acueducto y saneamiento básico en la totalidad de la zona urbana, no tiene interconexión con sus zonas rurales, carece de conectividad, el subempleo y la informalidad son hechos cotidianos, no existe planificación del crecimiento urbano y ni capacidad de demanda de servicios esenciales. 

Ni hablar de la cobertura en la zona rural, ni de la falta de una política pública que integre los planes de vida de las comunidades rurales a un auténtico plan de desarrollo municipal, ni hablar del modelo educativo y la incipiente capacidad instalada de hospitales para una población que excede los 120 mil habitantes. Ni hablar de ‘lo wayuu’, porque siendo Uribia un territorio ancestral wayuu, no pudo consolidarse una transformación que le diera la grandeza a la ‘nación wayuu’ tantas veces cacareada por líderes, dirigentes y gobernantes.

Visto lo anterior, Uribia transita hacia su primer siglo de vida administrativa con muchas deudas con sus habitantes ancestrales, presentes y futuros. Me alegra como uribiero haber nacido en ese territorio, con el cual tenemos una deuda social, la cual queremos pagar, pero no a cualquier precio. Hemos crecido y sabemos que el “todo vale” no es sano para la sociedad y sus individuos.

Feliz cumpleaños, mi Uribia del alma. Te quiero octogenaria y real, con tus dificultades y potencialidades; no te quiero maquillada de un progreso que no aún ha llegado.


En la distancia, tu hijo entrañable.


IgnacioManuel Epinayu Pushaina

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