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sábado, 9 de julio de 2011

Una mirada desde la Alta Guajira

“Los Wayúu vivimos entre la tradición y la modernidad”

Virginia Romero Pushaina, más conocida como Piti, es una mujer de 27 años de la comunidad Wayúu que habita la capital indígena de ese grupo étnico, Uribia. La profesora de primaria ha conocido de primera mano el trabajo de la “Fuerza de Mujeres Wayúu” (Sutsuin Jijeyu Wayúu) en la defensa de su territorio ancestral y el respeto por la blanda legislación minera nacional. Su opinión frente a la consulta previa en su comunidad es un relato de cómo la minería a gran escala se ha ido comiendo lo que por tiempos inmemorables les ha pertenecido.
La península de la Guajira es un espacio geográfico ubicado en la punta sur de la región suramericana y comprende 115.380 kilómetros. De esa extensión, 12.000 corresponden a Colombia, donde sobresalen poblaciones como Manaure, Nazareth, Uribia y Maicao y la capital política, Riohacha. Es en ese espacio donde los Uriana, Epieyú, Pushaina, Apushana, Urariyú y Pausayú suman alrededor de 150 mil personas, habitan y conviven. Su historia tiene un tinte de misticismo y leyenda, en la que los “palabreros”, que son los adultos mayores, relatan todo el camino que su pueblo tuvo que recorrer para llegar hasta donde se encuentran hoy en día después de haber salido de la Amazonía. Luego de esa larga travesía la comunidad tuvo que enfrentarse a los Arhuakos para finalmente poder llamarse dueños y señores de esa tierra. Lo que no se esperaban era que tanto tiempo después la lucha por su espacio fuera contra enormes locomotoras y gigantescos molinos de viento.

ILSA: ¿Cómo está su comunidad en la actualidad y cómo vive?

Piti: Desde mi perspectiva, somos una comunidad que se ha visto dividida por una enorme carrilera que cruza casi todo el desierto. Maicao, Manaure y Uribia están en el costado sur, mientras que otras pequeñas poblaciones, las cuales nosotros llamamos “Pichipalas”, y Nazareth quedan al norte. Mi familia es de Punta Gallinas, el punto continental nórdico de Colombia. Allá todavía vive mi tía con algunos de sus hijos. Ese lugar siempre le ha pertenecido a mi familia, los Pushaina.
Los del sur estamos muy cercanos a toda la civilización, especialmente Maicao, donde vive una comunidad muy grande de árabes, y Uribia que por ser la capital y estar tan cerca a la carrilera y a Riohacha es un espacio con servicios públicos y de actividades laborales y comerciales comunes. En la Alta Guajira, las comunidades aún duermen en “Piichis”, rancherías, y tienen las costumbres intactas en cuanto a sus relaciones con la tierra, la siembra, y las leyes que están divididas en obligaciones y tradiciones. No conocen códigos penales ni constituciones. Nosotros nos respetamos por lo que creemos y por la forma en que nos tratamos.

En términos legales, ¿Cómo funciona su sociedad?

La Constitución colombiana estipula dentro de su articulado que las comunidades indígenas tienen autonomía legal y normativa dentro de sus territorios. A nosotros muchos nos tildan de violentos y sanguinarios, pero si vemos cómo en otros lugares en Colombia se matan los unos a los otros. Nuestra interpretación de la sangre y de la vida está medida por una concepción donde la sangre es parte de la tierra y de todos, y en cuanto a la justicia, la ley del talión sigue siendo la forma de operar. Quien comete un daño a otro debe pagarlo y responder por ello. Creemos que el creador del mundo fue “Maleiea”, aunque tenemos otro grupo de deidades a las cuales rendimos tributo. En lugares tan áridos como el desierto, cada porción de comida y cada gota de agua son bienes preciados.

Desde la llegada de la minería extensiva con El Cerrejón, ¿Cómo han hecho para convivir con eso?

Hay un poema de una compañera de la Fuerza de Mujeres Wayúu que logró resumir en pocas palabras cómo nos sentimos frente a las grandes amenazas: “El wayúu, un ser valiente, un ser sin fin, un ser el cual no dejará de existir. Venceremos todas las barreras por muy altas que sean, siempre estaremos ahí en el presente, en el pasado, en el futuro; en el ir y en el venir. Porque nosotros los wayúu somos los gigantes acompañados de Wounmainkat, nuestra madre tierra”.
Yo soy muy joven para expresar qué pasó con la llegada del Cerrejón. Lo que puedo decir es que he visto cómo cientos de contrabandistas, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y militares se han paseado por aquí dejando muerte y tristeza. No nos preguntaron qué opinábamos cuando las Fuerzas Militares ingresaron y bombardearon lugares importantes para nosotros, aduciendo la existencia de pistas clandestinas. Parece que fuéramos parte del país cuando conviene.

Hablaba de una agrupación de mujeres, ¿A qué se dedica?

La Fuerza de Mujeres Wayúu, así como las otras asociaciones de mujeres de nuestra comunidad, tiene como principal objetivo la defensa de la mujer contra la violencia y la protección de la madre tierra para evitar que sea víctima de abusos. Hace poco se celebró un foro en Barrancabermeja donde se discutió el impacto que la minería extensiva y la exploración estaba teniendo en nuestro territorio. Dentro del espacio que protege nuestra etnia, hay un ecosistema que me atrevo a llamar único en el mundo, que es la selva húmeda tropical que rodea Nazareth. Permitir que los procesos de extracción de recursos lleguen hasta ese lugar sería una ofensa para los Wayúu, eternos protectores de la madre tierra. 

En cuanto a mecanismos de participación como la consulta previa, ¿Qué grado de participación les conceden?

Mis compañeras trataron ese tema en la reunión que mencioné. Lo que discutimos previo a que partieran al evento en Barrancabermeja era que necesitamos plantearle al gobierno nacional que nuestras voces debían ser escuchadas en cualquier proceso que se adelantara en esta región, ya fuera referente al conflicto armado o a la explotación de recursos. Nuestra vida tiene un vínculo demasiado profundo con la madre tierra, por lo que cada ataque que se comete contra ella es como si lo recibiéramos cada uno de los Wayúu. De la consulta previa puedo decir que es algo que poco o nada se ha escuchado hablar aquí. A nosotros nos llegan con limosnas disfrazadas de responsabilidad social empresarial, pero la realidad es que al que no le gusta termina desaparecido. El clamor de mi pueblo y el mío como parte de toda una comunidad es que la tierra sea entendida como el soporte de la vida y no como una forma de ganarse la vida.
Juan Carlos Rojas E., Comunicaciones ILSA


Tomado de:  http://ilsa.org.co:81/node/451

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